Europa es la que necesita ser rescatada

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La lucha, más que negociación, entre la troika y Grecia ha sido y es la expresión más visible y a la vez más pedagógica del conflicto social que recorre, no como fantasma sino como dura realidad: la Unión Europea. Una Unión que se ha mostrado dividida, con grandes fisuras y sin un liderazgo integrador y que cohesione su pluralidad social.


Pepe Gálvez
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Es el conflicto social ¡estúpido!

Pepe Gálvez. Archivo FSC-CCOO
Pepe Gálvez. Archivo FSC-CCOO

Y un conflicto que se ha manifestado en tres elementos claves: la deuda (que siga o no como losa ruinosa), el ahorro y el gasto público (pensiones, impuestos y privatizaciones) y los derechos laborales. Tres elementos que definen no solo sobre quién recae el peso de la crisis, sino cómo se sale de ella y se conforma el modelo social europeo.

Y es que la continuidad de las políticas de falsa austeridad significa una condena clara, no sólo a la sociedad griega sino a gran parte del sur de Europa, a una degradación social con situaciones de auténtica ruina, lo que acabaría afectando también muy negativamente a las clases trabajadoras del centro y del norte de la Unión Europea. Hay que rescatar Europa de los que la han secuestrado: el capital financiero y sus mamporreros.

Pánico al ejercicio de la democracia
Como respuesta a la convocatoria del referéndum en Grecia, hemos visto en el FMI, Eurogrupo, en el Gobierno alemán… una exhibición de posiciones y acciones radicalmente antidemocráticas, unidas a la extorsión pura y dura realizada por el Banco Central Europeo.

Han expuesto su condición de servidores de su señor, su ausencia de ética, su arrogancia de élite que actúa cual aristocracia aupada sobre una pretendida meritocracia. Instalados en la planta baja de una especie de Olimpo de riquezas desmesuradas, miran desde la altura a la ciudadanía como si fueran hormigas y muestran impúdicamente su casi total ausencia de empatía social.

Ellos, que tienen mareada la puerta giratoria entre lo público y lo privado, han coartado con continuas amenazas el ejercicio de la democracia por parte de la sociedad griega. Su agresividad ha evidenciado que no sólo quieren imponer un pensamiento único, sino también un marco único de actuación. Niegan la posibilidad de alternativas a sus políticas económicas y cuando surgen las acosan y ahogan con el fin de anularlas o destruirlas.

Esa unicidad que pretenden imponer tiene una claro talante autoritario, utilizan las instituciones para imponer sus propuestas al tiempo que las intentan invalidar como órganos de participación y control ciudadano. Con ello agudizan el ya existente déficit democrático de la Unión Europea y restringen en la práctica el ámbito de la soberanía de las sociedades, aspectos ambos que están muy relacionados.

Desde su condición de élite cuestionan la capacidad de la ciudadanía para decidir sobre temas que les afectan tan directamente como la deuda, la política fiscal o los derechos laborales. “¿Cómo esperas que la gente común entienda de estos complejos asuntos?”, le espetó a Varoufakis un miembro del Eurogrupo. Dados los resultados de la política aplicada por los miembros del Eurogrupo (léase mamporreros del capital financiero), lo que está en cuestión es su capacitación como economistas o en todo caso el uso torticero de sus conocimientos. No hay nada misterioso ni inasequible al saber de la ciudadanía en los asuntos de la economía y mucho menos cuando se trata de escoger entre opciones que tienen claras consecuencias sociales. A estas alturas del partido ya es de dominio público que subir el IVA y bajar el impuesto de sociedades es una opción que no responde a la racionalidad económica sino a una apuesta a favor de los poderosos, por ejemplo.

Sin alternativas de izquierda, crece la ultraderecha
Por todo ello, la realización del referéndum ha sido un gesto de afirmación de soberanía, pero no para debatir sobre fronteras o agravios con otros Estados, sino para reivindicar la capacidad y legitimidad de sus sociedades para decidir sobre medidas económicas y cómo les afectan.

Aunque insuficiente, ha sido un ejercicio de soberanía social sobre quién ha de pagar la crisis y sobre todo sobre cómo salir de ella. La táctica de los troikistas ha sido la de insistir por activa y pasiva en el mensaje de que esos asuntos sólo se pueden decidir por arriba, entre gente que sabe y que está cerca del poder.

Una consecuencia perversa de este ninguneamiento de la soberanía son los movimientos y partidos xenófobos y de ultraderecha. Estas fuerzas políticas quieren dirigir la frustración de los sectores populares, ante la evolución a peor de los problemas que le afectan, en contra de la parte más débil de la sociedad o hacia enemigos exteriores.

Es el caso, por ejemplo, de Finlandia, que actúa con agresividad extrema contra Grecia debido a la presión de los Verdaderos finlandeses, partido cuyo nombre ya canta su ideología racista y que participa en la coalición gobernante en su país.

Un elemento que abona ese crecimiento de la reacción xenófoba es la degradación de la socialdemocracia europea, que era identificada como el referente, mayoritario cuando no único, de izquierda en la mayoría de las sociedades europeas. La actuación y posicionamiento del presidente del SPD alemán, Sigmar Gabriel, del presidente del Parlamento europeo, Martín Schultz, y de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, en los días previos al referéndum, han sido infames y opuestas radicalmente no sólo a la solidaridad entre los pueblos sino a las prácticas democráticas.

Es cierto que han aparecido divisiones en el bloque socialista europeo con críticas contundentes a esos dirigentes. Reacción natural e incluso de supervivencia, ya que ese entreguismo a la ideología y práctica neoliberal niega su misma razón de ser y les conduce a la desaparición.

Los problemas siguen, cuando no aumentan. La lucha continúa
El movimiento sindical europeo, por su parte, ha mostrado su solidaridad con el pueblo griego. Ejemplar ha sido el comunicado conjunto de los sindicatos alemanes y griegos; ha manifestado su apoyo al Gobierno griego y a una renegociación más justa y razonable. Es natural, ya que el trabajo, su calidad, su remuneración, así como los derechos conseguidos por la movilización de las personas trabajadoras estaban en el centro del conflicto griego.

Lo que está sucediendo estos días pone de manifiesto la necesidad y urgencia que tienen los pueblos del sur de Europa de limitar la capacidad de maniobra de la troika, de consolidar y agrandar los espacios de poder social por medio del ejercicio de la democracia. Los sindicatos, la acción sindical en defensa de los derechos laborales y de un trabajo digno, necesitan espacios de soberanía social para revertir, aunque sólo sea parcialmente, las políticas de la falsa austeridad, conseguir pequeñas conquistas, recuperar y ampliar su base social.

Ahora bien, la lección más dura de estos días es que la razón, si no está apoyada por una buena correlación de fuerzas, tiene muchos números de ser derrotada o maltrecha. El enfrentamiento entre Grecia y la troika ha evidenciado una tremenda desigualdad de poder y sobre todo de la capacidad de dañar al adversario. Es por ello que cualquier propuesta de cambio de las políticas económicas y del status europeo que quiera ser efectiva, ha de estar preparada para resistir y vencer una ofensiva de violencia brutal.

Lo que sucede hoy en Grecia plantea la urgencia de avanzar en la confluencia de las fuerzas de la izquierda social y política del sur de Europa y en la política de alianzas en toda la Unión. Así mismo, nos enseña la necesidad de desarrollar políticas y alternativas unitarias, de querer y saber agrupar la diversidad de respuestas a la agresión neoliberal, así como de fortalecer el poder social.

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